¿Otra vez “gringos, go home”?

¿Otra vez “gringos, go home”?
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El 19 de octubre de 1953, el presidente Adolfo Ruiz Cortines inauguraba la Presa Falcón, en Tamaulipas. Esta obra era resultado del Tratado de Aguas, firmado en 1944, en el cual Estados Unidos y México pactaban la distribución de las aguas de los ríos Colorado, Tijuana y Bravo.

El mundo había cambiado mucho desde la firma del tratado. Estados Unidos se había convertido en la superpotencia del hemisferio occidental y era mucho más rico y poblado que México. Además, estaba inmerso en la fiebre anticomunista que implicaba una política exterior agresiva en la materia.

En su discurso, el presidente Ruiz Cortines destacó que nuestro país era “celoso de su autonomía”; señaló su “vigorosa repulsión a cualquier forma de hegemonía externa; su inquebrantable respeto al derecho que todo pueblo libre tiene a darse las normas que mejor le acomoden”. Insistió también en que “no podr(í)a haber paz genuina y perdurable sin el reconocimiento del principio de la autodeterminación de los pueblos: es decir, sin el respeto de su independencia, soberanía e integridad territorial, así como a su derecho inalienable de regirse por un gobierno y un sistema económico de su elección”, y claro, citó a Benito Juárez en su frase más famosa.

Años después, el 14 de febrero de 1979, en una visita que hiciera el presidente Carter a la Residencia Oficial de los Pinos, José López Portillo pronunció un discurso que reflejaba claramente el enojo derivado del veto que la administración de Carter hiciera previamente a un acuerdo para suministro de gas natural por parte de nuestro país.

En ese discurso, López Portillo señaló que “resulta difícil, especialmente entre vecinos, conducir relaciones cordiales y mutuamente provechosas en una atmósfera de recelo o de abierta hostilidad”. Dijo también, en materia de los intercambios comerciales, que “debe ubicarse el complejo fenómeno de nuestra interrelación, que en ningún caso ha de confundirse con dependencia, integración o dilución de fronteras. Ambos países se complementan y recíprocamente se necesitan, pero ninguno desearía depender del otro al punto que se anulara su voluntad soberana, se redujera el espacio de su acción internacional o se perdiera el propio respeto”.

Revisitando estos discursos se vuelve muy evidente cómo la narrativa antiestadunidense cambió a partir del Tratado de Libre Comercio y cómo nuestra disposición nacional parece haberse modificado.

Los resultados del libre comercio pueden interpretarse en materia de disponibilidad de productos, de disminución de precios, de incremento de la competitividad. Se puede hablar de las industrias que florecieron y de las que tuvieron que asumir el costo de la competencia. Se puede también hablar de industrias que prosperaron a costa de los derechos laborales. Pero lo que no se puede discutir es que, por muchos años, Estados Unidos dejó de ser el enemigo público número uno de la narrativa nacional. Dejamos de vernos amenazados, dejamos de creer que teníamos que imponernos o nos iban a atropellar.

Sólo así se explica que en 2010, cuando Felipe Calderón pronunció un discurso frente al Congreso estadunidense, ni una vez mencionara la soberanía o la autodeterminación. Habló sobre la venta ilegal de armas y señaló el consumo de drogas como causa de la inseguridad, pero habló, sobre todo, de cooperación, de causas compartidas, de objetivos comunes.

El día que Andrés Manuel López Obrador inició su campaña en Ciudad Juárez dijo en su discurso que no “podemos negar que en algunas ramas de la economía han habido beneficios con el Tratado de Libre Comercio, pero con un costo altísimo y en términos generales con muy pocos resultados”. Ofreció mantener siempre una “actitud respetuosa hacia el gobierno de Estados Unidos”, pero advirtió que “haremos valer nuestra autoridad soberana”.

Y sí, si bien el equipo de asesores de AMLO ha tratado de explicar la autosuficiencia alimentaria de múltiples maneras, de tal forma que no cause respingos, pareciera que, en caso de que llegue a la Presidencia, la narrativa sí anticipa un clima de tensión, al que abona enormemente que la Presidencia de Estados Unidos esté ocupada por alguien como Donald Trump. Ya veremos.

*Especialista en discurso político. Directora de Discurseros SC

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